La dieta mediterránea es bien conocida en los países colindantes con el mar Mediterráneo, entre los que constituye un pilar fundamental para llevar una alimentación saludable. Este modelo alimentario combina una gran variedad de ingredientes, recetas y técnicas culinarias, así como de costumbres gastronómicas junto con la importancia de la temporalidad de los productos. Mucho se ha oído hablar sobre ella, pero, ¿qué patrón sigue esta dieta exactamente?

La dieta mediterránea se basa en un estilo de vida saludable y equilibrado que recoge un conjunto de pautas que fundamentan una alimentación variada y equilibrada:

  • Consumir abundantes vegetales como verduras, hortalizas y frutas.
  • Elegir alimentos poco procesados, frescos y de temporada.
  • Realizar cocinados sencillos como a la plancha, vapor, horno, etc., y emplear aceite de oliva virgen extra como grasa de adicción y cocinado.
  • Incluir a diario raciones de todos los grupos de alimentos alternando entre las diferentes fuentes para cada uno de ellos.
  • Elegir carnes blancas magras o pescado como fuente de proteína animal y alternar con otras fuentes de proteína vegetal, destacando el gran valor nutricional de las legumbres.
  • Optar por cocinados sencillos como la plancha, el horno o el vapor, ya que prácticamente no requieren grasas de adicción.

Esta herencia cultural defiende el consumo semanal de 3 a 4 raciones de carne blanca, como el lomo o el solomillo de cerdo, el conejo o las aves sin piel, y la ingesta moderada de carnes rojas más grasas. En este contexto, la carne de cerdo de capa blanca es un alimento ideal a incluir en el patrón de una dieta mediterránea puesto que posee una elevada calidad nutricional dado su gran contenido en proteínas, un perfil lipídico de calidad, su fácil digestibilidad, una amable palatabilidad y por la variedad de técnicas culinarias que permite adaptar esta carne a los diferentes gustos, requerimientos nutricionales y grupos de población.

Otra valiosa característica de la dieta mediterránea la predominancia de los ácidos grasos monoinsaturados, es decir, del aceite de oliva virgen extra como principal grasa e cocinado y adicción, así como el frecuente consumo de grasas poliinsaturadas, por la importante presencia del pescado azul y los frutos secos en la alimentación, los cuales, han demostrado ser beneficiosos para la salud cardiovascular. En este sentido, la carne de cerdo tiene un perfil lipídico muy adecuado, ya que posee una cantidad significativa de ácidos grasos monoinsaturados. Además, también aporta minerales necesarios como el potasio que contribuye al mantenimiento de la tensión arterial normal, el zinc que favorece la protección de las células frente al daño oxidativo, el fósforo que tiene un papel esencial en el mantenimiento de los huesos y dientes en condiciones normales y también hierro, que ayuda a disminuir el cansancio y la fatiga. Con respecto a otros nutrientes esenciales, como las vitaminas, esta carne contiene vitaminas del grupo B (B1, B3, B6 y B12) las cuales favorecen el correcto funcionamiento del sistema inmunitario.

Por todo esto, y por el imprescindible papel que la carne de cerdo y sus derivados han tenido en la historia de nuestra gastronomía, es una carne con gran cabida en el contexto de una dieta mediterránea, entendida como modelo de alimentación variada y equilibrada que, junto a unos hábitos de vida adecuados como la práctica de ejercicio físico regular, constituyen los pilares fundamentales de una vida saludable.